Cuidar la esperanza

adviento

Todos vivimos con la mirada puesta en el futuro. Siempre pensando en lo que nos espera. No sólo eso. En el fondo, casi todos andamos buscando “algo mejor”, una seguridad, un bienestar mayor. Queremos que todo nos vaya bien y, si es posible, que nos vaya mejor. Es esa confianza básica la que nos sostiene en el trabajo y los esfuerzos de cada día. Por eso, cuando la esperanza se apaga, se apaga también la vida. La persona ya no crece, no busca, no lucha. Al contrario, se empequeñece, se hunde, se deja llevar por los acontecimientos. Si se pierde la esperanza, se pierde todo. Por eso, lo primero que hay que cuidar siempre en el corazón de la persona, en el seno de la sociedad, en medio de nuestra Parroquia o en la relación con Dios es la esperanza.

 La esperanza no consiste en la reacción eufórica y optimista de un momento. Es más bien un estilo de vida, una manera de afrontar el futuro de forma positiva y confiada, sin dejarnos atrapar por el derrotismo. El futuro puede ser más o menos favorable, pero lo propio de la mujer y del hombre de esperanza es su actitud positiva, su deseo de vivir y de luchar, su postura decidida y confiada. No siempre es fácil. La esperanza hay que trabajarla y cuidarla.

Lo primero es mirar hacia adelante. No quedarse en lo que ya pasó. No vivir sólo de recuerdos y nostalgias. No quedarse añorando un pasado tal vez más dichoso, más seguro o menos problemático. Es ahora cuando hemos de vivir afrontando el futuro de manera positiva y esperanzada.

La esperanza no es una actitud pasiva, es un estímulo que impulsa a la acción. Quien vive animado por la esperanza no cae en la pasividad. Al contrario, se esfuerza por transformar la realidad y hacerla mejor. Quien vive con esperanza es realista, asume los problemas y dificultades, pero lo hace de manera creativa, dando pasos, buscando soluciones y contagiando confianza.

La esperanza no se sostiene en el aire. Tiene sus raíces en la vida. Por lo general, las personas viven de “pequeñas esperanzas” que se van cumpliendo o se van frustrando. Hemos de valorar y cuidar esas pequeñas esperanzas, pero el ser humano necesita una esperanza más radical e indestructible, que se pueda sostener cuando toda otra esperanza se hunde. Así es la esperanza en Dios, último salvador de la mujer y del hombre de hoy.

Lo que la mujer y el hombre  de hoy necesitan es que alguien la ayude a encontrarse con el “Dios de la esperanza”. Un Dios en el que se pueda creer, no por tradición, no por miedo al infierno, no porque alguien lo ordena así, no porque alguno lo explica brillantemente, sino porque puede ser experimentado como fundamento sólido de esperanza para el ser humano.

Ese Dios sólo puede ser anunciado por creyentes que vivan ellos mismos radicalmente animados por la esperanza. El testimonio de “una esperanza vivida” es la mejor respuesta a todos los escepticismos, indiferencias y abandonos. Este fue el gran testimonio de María Santísima, la Madre de Jesús y nuestra Madre.

Nuestra fe en el Cristo  muerto y resucitado es una llamada a despertar la esperanza. Si el cristianismo pierde la esperanza, lo ha perdido todo.

La máxima Verdad lleva a la máxima desesperanza, ser Hijo lleva a la muerte del Hijo, y será su muerte, total desesperación, la que nos conduzca a la total esperanza, habrá futuro. Allí donde el anhelo parece irrecuperable, la misma herida de muerte se torna Vida y soporte en medio del mal. Confiar en Jesucristo, la Verdad y decirle “Amén” es motivo de esperanza para los creyentes y para la humanidad.

Rezamos para  alimentar la esperanza que nos habita. Rezar en cristiano es recordar que quien pide recibe, quien busca encuentra y a quien llama se le abre. Porque todos los que se ponen en marcha, andan con esperanza, andan ya la esperanza.

Pero, en definitiva, todo esto sólo es posible haciendo nuestra aquella sencilla, pero desafiante propuesta del Profeta Isaías: “Si no os arriesgáis a creer, no experimentaréis que sois sostenidos” (Is. 7,9).

¡Que toda nuestra Parroquia destaque siempre y ahora en este tiempo de adviento que hemos comenzado por este cuidado personal, por este cuidado como comunidad parroquial, de la esperanza! ¡Y que sepamos contagiar esta esperanza cristiana a los demás! ¡Feliz tiempo de Adviento para todos!

Francisco de Paula Piñero y Piñero, párroco.


3 respuestas a “Cuidar la esperanza

  1. Me ha confortado esta reflexión: de la pérdida ,de la total desesperación nace un hilito de esperanza, Jesucristo: La Vida,el Agua de Vida .Confiemos en Él. ¡Muchas gracias Padre Paco!

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  2. Padre Paco, me quedo con la frase sobre la Virgen María. ¡Qué acierto al aseverar que fue el gran testimonio de una “esperanza vivida”.

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