En esta cuaresma 2026 nuestra parroquia ha acogido el retiro de Cuaresma del Arciprestazgo de San Patricio, un encuentro de gracia, escucha y comunión que este año hemos tenido la alegría de celebrar en casa. La meditación estuvo a cargo de nuestro párroco, el padre Pablo Márquez sscc, que nos ayudó a adentrarnos en este tiempo santo desde la necesidad de convertir el corazón para renovar la misión.
La meditación recorrió las tres invitaciones que la Iglesia nos propone cada año en Cuaresma: oración, ayuno y limosna. No como un simple cambio de hábitos o un intento de mejorar un poco, sino como un camino de conversión al que todos estamos llamados. Por una parte, se trata de “volver el corazón hacia Dios, dejar que Él renueve nuestra vida y nos conduzca por caminos nuevos”. Y, como Iglesia en salida, de preguntarnos cómo podemos ayudar a las personas a encontrarse con Cristo y cómo puede nuestra parroquia ser un lugar donde el Evangelio se anuncie con alegría y llegue también a quienes están lejos.
La misión nace de la oración
Se nos invitó a contemplar a Jesús retirándose al silencio para encontrarse con el Padre, incluso en medio de la actividad y del éxito apostólico. Esto nos recuerda que lo que podamos hacer no nace de la agitación ni de la planificación humana, sino de una relación viva con Dios. Y que la misión “comienza muchas veces así: de rodillas”.
En la oración, señaló el padre Pablo, es donde el Señor “ensancha nuestra mirada”, “donde aprendemos a ver a los demás como Él los ve” y donde el Espíritu Santo “nos comunica el mismo deseo que ardía en el corazón de Cristo: que todos conozcan el amor del Padre”. En este sentido, nos invitó a preguntarnos por quién rezamos cuando rezamos y a poner delante del Señor a las personas heridas, cansadas y a quienes buscan sin saber dónde encontrar sentido.
También, como parroquia, se nos animó a poner a Dios en el centro para que el Espíritu Santo pueda hacer algo nuevo. “Porque la Iglesia no evangeliza solo por lo que organiza o lo que hace. La Iglesia evangeliza cuando arde por dentro”.
Ayuno: la misión nace de un corazón libre
La segunda parte nos condujo al sentido profundo del ayuno. Más allá de la renuncia material, el padre Pablo nos recordó que es un gesto espiritual que expresa una decisión interior: hacer espacio a Dios y que Él vuelva a ocupar el centro de nuestras vidas.
Además, esta llamada se extendió a la vida de nuestras comunidades, con una pregunta muy directa: “¿Qué necesita purificarse en nuestra parroquia para que la misión pueda renovarse?”. Fue una invitación a revisar inercias, costumbres, aquello que nos resulta cómodo y el clásico “siempre se ha hecho así”, para dejarnos conducir por el Espíritu hacia caminos nuevos.
No se trata de cambiar por cambiar, sino de “vivir con un corazón suficientemente libre como para decirle al Señor: muéstranos el camino”.
Limosna: la misión es un corazón que se entrega
La tercera conversión propuesta fue la de la limosna, entendida no solo como ayuda material, sino como una forma de vivir desde el don. “Porque el amor cristiano no se mide solo por lo que damos, sino por la capacidad que tenemos de compartir nuestra vida con los demás”.
Esto se ejemplificó en la actitud de Jesús, que se acercaba a los enfermos, a los pecadores y a quienes estaban al margen, regalando tiempo, atención y cercanía, y “haciendo sentir a cada persona que su vida tiene un valor inmenso a los ojos de Dios”.
Desde ahí se nos recordó que una parroquia viva no vive para sí misma. “Una comunidad viva es una comunidad que se da. Que abre sus puertas. Que se acerca a los que están lejos. Que se preocupa por los que no están”.
En este sentido, la meditación nos invitó a preguntarnos a quién nos está enviando hoy el Señor, qué personas viven cerca de nosotros y necesitan esperanza, y cómo podemos acercarnos a ellas. Porque la misión no empieza en cosas extraordinarias, sino en gestos sencillos: una palabra de esperanza, una escucha paciente, una invitación oportuna, una presencia cercana.
Ser como San Andrés
La meditación finalizó con una mirada a la figura de san Andrés apóstol, quien, tras encontrarse con Jesús, fue a buscar a su hermano para decirle: “Hemos encontrado al Mesías”. Se nos invitó así a redescubrir nuestra vocación de discípulos misioneros, llamados no necesariamente a ocupar los lugares más visibles, pero sí a acercar a otros hasta Cristo con sencillez y alegría.
Tras la meditación del padre Pablo, tuvimos un tiempo de oración personal ante el Santísimo y, finalmente, una oración comunitaria.
Damos gracias al Señor por este retiro compartido con hermanos de otras parroquias del arciprestazgo y por la palabra sembrada en nuestros corazones. Que esta Cuaresma sea de verdad un tiempo para volver al Señor, dejarnos purificar por Él y abrirnos con generosidad a los demás.





