Durante el Adviento hemos ido preparando el corazón para celebrar algo que lo cambia todo en la Historia y en nuestra historia: que Dios se hace Niño y que entra en nuestras vidas para siempre. Así lo recordamos y celebramos en Nochebuena, pero no como “un recuerdo bonito ni una tradición entrañable» sino como «el acontecimiento más grande de la historia, ese momento en que el cielo se inclina sobre la tierra y Dios se atreve a entrar en nuestra vida humana para siempre”.
Con estas palabras comenzaba la homilía del padre Pablo Márquez, quien presidió la Misa del Gallo celebrada a parroquia llena. Es una noche de alegría para algunos pero que para otros llega a veces “cuando el corazón roto. Y frente a esta realidad tan distinta, Dios ha querido que la Navidad no sea solo para niños felices, sino también -y quizá sobre todo- para adultos heridos. Porque el Niño que nace no viene a un mundo perfecto, sino a la vida real: a esa vida donde hay lágrimas, pobreza, dolor y soledad. Por eso esta noche podemos decir con verdad: la Navidad es para quienes más la necesitan. Para los que están cansados, para los que sufren, para los que echan de menos, para los que sienten que ya no son niños… Porque Dios se hace carne para curar todo dolor”.
El portal de Belén, prosiguió el padre Pablo, es “el mensaje más grande proclamado a la humanidad” en el que se nos grita que, por amor, Dios ha querido “hacerse uno de nosotros y sentir con nosotros ‘para nadie pueda decir jamás: Dios no sabe lo que estoy viviendo’. Este Niño viene a tu vida tal como es, no a la vida perfecta que te gustaría tener, no a esa existencia ideal que todavía no ha llegado, ni a esa versión de ti mismo que aún no consigues ser. Viene a tu cansancio acumulado, a tus límites que te frustran, a tus incoherencias que te pesan, a tus heridas que no se cierran, a tus dudas, tus miedos, tus contradicciones… viene a tu historia concreta, a la de verdad, no a la de escaparate de las redes sociales”, nos recordó el padre Pablo quien también añadió que Jesús no te pide que todo esté ordenado y bien en tu vida sino que entra en ella, tal como está, para sanarnos y levantarnos desde dentro. Y que viene como un Niño “para que puedas mirarlo sin temor, para que te sea más fácil acogerlo, para que entiendas que Dios no viene a señalarte con el dedo, sino a sostenerte”.
También evocó cómo los pastores que acuden al pesebre tras el anuncio del ángel se detienen, contemplan y adoran al Niño pero no se quedan allí, sino que vuelven transformados a su vida cotidiana y anuncian lo que han visto y oído. “Contemplar, vivir y anunciar. Eso nos proponen hoy los pastores. Y esta misión la asumieron nuestros Fundadores de la Congregación de los Sagrados Corazones, que hoy recordamos de manera especial. Porque en una noche como esta, pero en 1800, los Fundadores hicieron sus votos religiosos”.
Tras pedir una oración por los Sagrados Corazones para que sean fieles a la misión que Dios les ha confiado, el padre Pablo nos invitó a mirar nuestra vida con una esperanza nueva “a reconocernos amados por Dios, incluso en nuestra fragilidad, y a salir de aquí con la certeza de que Él camina con nosotros. (…) Hoy celebramos una presencia: Dios está con nosotros. Dios nace para ti”.
Tras la Eucaristía, los presentes pudieron disfrutar de un sencillo refrigerio y, sobre todo, de un rato de convivencia fraterna en los salones parroquiales, en torno al Belén.
Con esta pequeña crónica queremos desear a todos una muy Feliz Navidad, y que la luz del Niño alumbre nuestro camino, llene de paz nuestros hogares y renueve en nosotros la alegría y la esperanza.
